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viernes, 4 de noviembre de 2011

La poción


Tres amigas suben a un jeep, decididas a recorrer juntas un camino lleno de dificultades, completamente convencidas de que se necesitan mutuamente con el fin de conseguir el objetivo. Rápidos que atravesar, pantanos infestados de cocodrilos que cruzar, y sendas empinadas que trepar, para encontrar, en la cima de una altísima montaña, el convento escondido.

Es preciso llegar y conversar con alguna de las religiosas que lo resguardan de visitantes indeseados, lo que tampoco es fácil. Ellas, más que monjas, son pequeños duendes mágicos y sabios, con vestidos largos, que aparecen y desaparecen, ocultándose en el laberinto vegetal que antecede a la entrada del antiguo edificio. Allí decidimos separarnos, deseándonos la mejor de las suertes y esperando volver a vernos una vez cumplida la misión.

Complicados pasadizos, todos idénticos, revestidos de una profusa y exótica vegetación que confunde los sentidos, pero finalmente logro salir.

Con cautela y muy atenta llego al monasterio y alcanzo a ver a una de ellas. Es muy pequeña, y me mira fijamente con un par de ojos muy grandes y redondos. Tiene el cabello rizado, corto y color café. Lleva un vestido de organza beis, de corte imperio, y zapatillas de ballet color champán.  Me dice que sabía que yo vendría, porque lo había visto. Enmudezco y me entrega una gran botella de cristal, de forma acampanada, que contiene un líquido verde intenso, traslúcido, brillante, y seguidamente me da las instrucciones: “que tu amiga se frote el cuerpo con él. Así dejará de amarlo y por tanto, dejará de sufrir”. 

En ese momento veo a mis dos amigas, sonreímos y nos marchamos, satisfechas de la labor cumplida...

Este es un sueño que tuve luego de que una mujer guapa, inteligente y de muy buen gusto con lágrimas en los ojos me contara, que después de más de 25 años amando a su marido, y de cuidarle con dedicación (especialmente hace un par de años, porque padece de cáncer), le descubrió diciéndole a un amigo, en una conversación en la que hablaban de mujeres más jóvenes, que su mujer, a pesar de los retoques, seguiría siendo una vieja, es decir, “la mona, aunque se vista de seda, mona se queda”.
La historia me impactó, porque les conozco a ambos y todavía me cuesta creer qué la llevó no sólo a casarse, sino a permanecer junto al déspota espécimen. Lo peor de todo es que esos retoques que él contaba, no eran más que el deseo de esta bella mujer de seguir estando apetecible y deseable para él (quien es mayor que ella y está al borde de la muerte, irónicamente).

Cruel, ¿no?

No puedo contenerme…esto me arrastra por los cabellos y me lleva a tocar el desteñido tema de la fidelidad. 
Después de tanto escuchar, ver y vivir, creo que la única poción que existe (ni mágica, ni brillante, ni verde) con la que debemos frotarnos el entendimiento principalmente, es aceptar, desde la mayor serenidad posible, que los seres humanos no hemos sido diseñados para ser fieles. ¿Mezcla de instinto y vanidad? Quizás… o ¿Será también por el atractivo olor que tiene la novedad?

Creo que una vez que lo hayamos aceptado, empezaremos a trabajar en nosotras mismas y en nuestras relaciones, junto al compañero escogido (porque está clarísimo que no podrá ser con todos ni con cualquiera), quien a su vez (cosa que comparto con algunos) debe tener los mismos valores, objetivos de vida y carácter compatible con el nuestro.

Trabajar en nuestra confianza, en la seguridad que nos da el saber lo valiosas que somos y reconocerlo de igual forma en ese compañero, para encontrar lo que nos une,  y por lo que queremos seguir a su lado, disfrutando del gustazo que da vivir en una relación abierta y honesta.
No vamos a engañarnos, visto así, el panorama no es alentador, si queremos tener una pareja sólida.

De todas maneras vale la pena. Les invito a participar (con ellos) en ese maravilloso concurso de generosidad… y de mala memoria.
¡Salud!


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