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domingo, 13 de noviembre de 2011

El mercado

Caminando, distraída, me adentré en una parte muy oscura de la ciudad, muy sucia. Una especie de antiguo mercado callejero, una ciudadela abarrotada de gente. Me había transportado varios siglos atrás, cuando las miserias humanas saltaban a la vista sin tanta sutileza.
Sin embargo, el panorama no era tan diferente del de hoy (respetando las distancias, claro está).

La gente era muy pobre.  Desdentados, mal vestidos. Sucios y malolientes ciudadanos, deambulaban por las calles en busca de algo que comer.

Había puestos de comida por doquier, uno tras otro, pero no les parecía suficiente. Luchaban entre sí por adueñarse de un triste pedazo de aquella repugnante comida. El olor era nauseabundo, pero ellos, acostumbrados, no parecían notarlo.

Algunos, los más afortunados, discutían por el precio, mientras que uno que otro ladronzuelo lograba escapar sin ser advertido, con un trozo de pescado crudo; otros, muertos de hambre, esperaban a que transcurrieran rápido las horas, hasta que remataran las sobras, y así poder llevar algo a casa para cenar.

Quería salir de allí.

Divisé el mar casi negro, al final de un callejón,  pero a medida que avanzaba, todo se quedaba más y más desolado. Algo me decía que ese no era el camino, así que decidí regresar.

Una de las cosas que más me perturbaba, era que tenía que andar sin zapatos, totalmente descalza por aquella inmundicia. En el suelo sólo había restos de comida. Gambas aplastadas por los demás peatones (tenía que fijarme bien antes de pisar, porque podía pincharme con las cabezas).

De repente, el callejón se llenó de nuevos visitantes,  animales grises, flacos, con dientes afilados, desafiantes y amenazadores.  Gatos y perros, en su mayoría.
Hasta había un jefe de la pandilla. Mitad gato, mitad perro, con ojos malvados y muy cínico. Sus dientes eran como agujas y me mordió. La herida no era grande, podía ver finos hilos de sangre. Pero seguí adelante, debía encontrar la salida. Tenía que marcharme de allí…

Supongo que todos nos sentimos así, en algún momento, durante el día o durante nuestro descanso nocturno, como suele pasarme. Rodeados de podredumbre, asqueados y asustados por un porvenir incierto. Nos han sumergido en una situación tan compleja, que por primera vez parece que durante mucho tiempo, no nos encontraremos  a salvo en ninguna parte.
Son días difíciles, es normal que la desolación llame a nuestra puerta.

Desde otro punto de vista, es reconfortante ver cómo somos más y más los que en el planeta, perdemos ese velo de ingenuidad infantil, pero conservando el optimismo. Muchos dejamos de ser esos crédulos y dóciles borreguitos, siempre engañados y encerrados en el mismo corral.

Al fin y al cabo son ciclos, y si hemos de estar aquí para vivirlos, afinemos los sentidos para aprender todo lo que podamos, y  mantengamos  las alarmas a flor de piel, para que se disparen, a la mínima señal de que vamos a repetir el camino antes transitado.

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